Antonio Tarrago Ros

Acelerado como pocos, se declara desde siempre militante acérrimo del chamamé. En los años setenta, cuando vino trayendo su música mágica y marginal, le prohibían tocar en las peñas y hasta en las bailantas, que hubiera debido ser su ámbito natural, resultaba demasiado sofisticado, por lo que fue duramente atacado por sus pares. Desde aquel “¿y donde quieren que toque? de entonces, masticado con bronca que no lo doblego jamás hasta hoy, demostró con creces que podía lo que quería porque sabia que tenia razón. Había mucho por hacer y lo fue haciendo eclecticamente, peleándose tantas veces y confraternizando en las broncas, porque Antonio se come a la vida al compás de un chamamé y así nos lo transmite, llevándolo hasta el centro mismo de nuestro inconsciente colectivo.
Fraseando una melodía que la emoción abrocha fuerte en los sentidos, desde su mano derecha directo al corazón, arrastrando el misterioso influjo de un paisaje verde profundo, impregnado de leyendas y personajes entrañables tan asimilados al entorno, su figura crece en el timbre característico de esa música tan identificatoriamente suya.
Seguramente habrá sido niñito solitario y músico al que la acordeón le resultaba el juguete mas preciado, pero ¿la amaría y odiaría a un mismo tiempo, sintiendo que así se acercaba a su padre lejano, mientras lo llevaba por caminos descolocados para sus cortos años ? Ciertamente que habrá sido un momento definitorio el de aquel día en Curuzú Cuatiá, cuando después de una corta historia de muertes y desarraigos, don Gualberto Panozzo, el amigo del alma de Tarragó padre, coloco en sus hombros frágiles la verdulera y fue iniciando a su manecita izquierda en la pirotecnia de los bajos rítmicos y a su diestra en la ternura del canto melodioso.

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